Se había quedado dormida tumbada en el sillón, se despertó en medio de un absurdo anuncio de tele tienda que prometía un cuerpo perfecto en veinte días. Era estúpido quedarse dormida en el sillón viendo el televisor cuando tenía uno más pequeño en el dormitorio, pero tenía insomnio y había leído en una revista de la peluquería que si se tiene insomnio lo mejor es ir a la cama sólo a dormir. Recordaba que el anuncio estaba firmado por un psicólogo, eso lo recordaba muy bien, se había fijado, pero ante el fracaso estaba empezando a pensar en comprarse un libro algo más serio sobre el tema.
-¡Y una mierda veinte días¡- le gritó a la maravillosa presentadora de cuerpo perfecto que le sonreía desde la pantalla del televisor con un top negro ceñido que parecía que se lo habían pintado en el cuerpo.
- ¡Habrá nacido con él!, porque a ver cómo se ha podido poner eso sin correr peligro de estrangulamiento.
Recordaba el episodio surrealista del probador mientras intentaba meterse en un traje, supuestamente de lycra ajustable, que se le había quedado incrustado justo a la altura del pecho.
-¿le queda bien?- Le había preguntado desde fuera la dependienta, con esa voz sospechosamente amable que sólo tienen las que trabajan en tiendas caras.
Después de conseguir asomar la cabeza entre aquella tela negra y tomar el aire suficiente para articular algo coherente acertó a decir un: «sí, gracias», intentando aparentar el mayor tono de normalidad posible en aquellas circunstancias.
-Voy a atender a otra señora, enseguida vengo, por si necesita algo- le respondió la dependienta al otro lado de la cortina.
- ¡Dios existe!, unos minutos para intentar salir sola de esto con dignidad- había pensado mientras se volvía a sumergir en aquel traje que ya le había empezado a parecer un asfixiante plástico negro.
Después de diversos movimientos dignos del mejor contorsionista había conseguido deshacerse del agobiante traje de lycra, no sin antes provocar una casi imperceptible rotura en una costura y unos sudores como si hubiera acabado de correr los cien metros lisos, suerte que siempre llevaba unos kleenex en el bolso y unas toallitas desodorantes. Una nunca sabe cuándo va a llorar sobre un hombro o cuando va a rodear con sus brazos el cuello de un hombre, esto último más improbable en su caso, pero no había que perder las esperanzas.
- No me va bien el negro- le había dicho a la dependienta, intentado darle el traje, cuidadosamente doblado, para que no percibiera el centímetro de desgarro que tenía el traje en la costura derecha y para compensar el desperfecto se había comprado un jersey igual de caro, pero bastante más amplio, fue un gesto de bondad que la dependienta no le preguntara porque un traje negro no y un jersey negro sí.
Dirigió hacia la presentadora el mando del televisor, disparó y luego sopló el mando a distancia.
- Una perfecta menos.
En realidad sería incapaz de hacerle daño a alguien pero esas pequeñas ficciones le habían comenzado a producir un extraño placer al que no pensaba renunciar. Había comenzado con Ana, un día que estaba especialmente borde y se había alejado de la mesa hablando sola sobre el orden, la organización del trabajo y los expedientes, creía recordar que había dicho la palabra orden como tres veces, a la cuarta, aprovechando que ya se iba y estaba de espaldas, apuntó con la mano simulando una pistola y disparó. Sonia que acababa de llegar a la puerta del despacho la miró primero con un gesto de sorpresa y luego con una sonrisa de complicidad, lo cual había bastado para compensar el haber aguantado a Ana el sermón con una paciencia de la cual se sorprendió a sí misma y a Sonia, que luego le comentó, frente a una taza de café, que se había acercado a su despacho temiendo que terminara tirándole la grapadora a la cabeza, opción que ciertamente había barajado, pero que descartó porque la grapadora que tenía en ese momento era de las de grapar bloques de folios.
Recorrió el pasillo a oscuras y se dirigió a la cocina y abrió la nevera.
-…¿vacía?- se dijo mientras miraba la lata de zumo de la nevera, el brick de leche, el trozo de queso que estaba empezando a tomar un tono más amarillento por los bordes y unas zanahorias que había comprado hace un mes y medio para prepararse unas verduras cuando había visto un reportaje sobre los beneficios de la dieta mediterránea.
Se había acostumbrado a hablar sola después de que una amiga suya le recomendara que se hablara y se mimara para sentirse mejor consigo misma.
- Háblale a la niña que tienes dentro, mímala - le había dicho y, después de meditar sobre el posible problema de desdoblamiento de personalidad que eso le podía acarrear, se acordó del chiste: «¿qué tengo dos personalidades?, pues qué bien, una menos que la semana pasada». El incidente del traje de lycra había sido un caprichito a la niña mimada.
Después de coger de la nevera la última lata de zumo (los cafés con leche que constituían su dieta habitual acompañados, ocasionalmente, de algún sándwich de queso, estaban desaconsejados a esas horas y no hacía falta ser un experto para deducir eso) volvió a la sala en busca de los cigarrillos.
- ¿Dos?...
Haciendo un rápido cálculo llegó a la conclusión de que se había fumado casi tres cajas, lo cual no constituía probablemente un record mundial, pero desde luego sí que batía su propia marca.
-«Fumar puede matar»- le dijo la cajetilla de cigarros desde la mesa.
¿A qué mente sádica y perversa se le puede haber ocurrido obligar a poner eso en la caja de cigarrillos?. La verdad es que ese mensaje no le preocupaba mucho, de hecho si algo tenía claro es que algún día se moriría, como todo el mundo. El que más le había fastidiado es el de «Fumar provoca el envejecimiento de la piel», después de fumarse esa caja de cigarrillos, y leerlo cada vez que cogía uno, se había ido a una tienda de cosmética a comprarse toda una gama completa de productos anti arrugas que había usado religiosamente durante tres días, el tiempo justo para olvidar lo que ponía la caja de tabaco, antes de que quedaran olvidados en un bonito neceser comprado al efecto.
- No es dinero gastado- se había dicho a sí misma, si le volvía a tocar otra vez la cajetilla con esa leyenda ya los tenía en casa.
Haciendo un cálculo sobre el tiempo que los usaba después de que leía la cajetilla, tres días, y la probabilidad de que le tocara justamente esa, le podrían durar años, teniendo en cuenta el derroche de imaginación de los que ponían esas leyendas en las cajas de cigarrillos y lo difícil que era que te volviera a tocar la misma: «Fumar obstruye las arterias y provoca cardiopatías y accidentes cerebrovasculares», «Fumar provoca cáncer mortal de pulmón», «Fumar puede reducir el flujo sanguíneo y provoca impotencia», «El Tabaco es muy adictivo: no empiece a fumar»… De todas las que había con las dos últimas era con las que más se reía la primera porque recordaba el tono de preocupación con el que su ex novio le había preguntado si realmente creía que el tabaco podía provocar impotencia. La segunda porque todo el mundo sabe que empiezas a fumar pidiendo cigarrillos a los amigos y que cuando quieres dejar de fumar también se los pides, es como un ciclo natural en los fumadores, hasta que tus amigos te dicen que o dejas de fumar de una vez o te compras tus propios cigarros.
Volver a comprar cigarrillos….la última vez se había tenido que tragar su orgullo pidiendo a Sergio, el de la tienda de veinticuatro horas, que le diera el periódico y una caja de tabaco. Después de haberse pasado un mes mirándolo prácticamente por encima del hombro, con aire de superioridad, pidiéndole el periódico y un paquete de chicles, alardeando de lo bien que se encontraba y lo sano que era no fumar (sabiendo que Sergio fumaba), volver a comprarle tabaco había sido una especie de derrota.
-¿Has vuelto a fumar?- le preguntó Sergio mirándola con una sonrisa burlona.
- Tienes una gran capacidad de deducción, pero te equivocas, es para el gato, no sabe leer y no sabe lo que pone en las cajetillas por eso fuma.- guardó rápidamente los cigarros en el bolso sin mirarlo y se colocó el periódico bajo el brazo.
-Jajaja cómo eres, tú no tienes gato.
- Son más fieles que los hombres, levantan el rabo cuando te ven llegar a casa y te frotan los pies, estoy pensando en tener uno- la verdad que oyéndose a sí misma había llegado a la conclusión de que lo dicho sonaba mejor que su anterior relación.
En eso era algo en lo que intentaba no pensar, había sido una relación larga y muy complicada, que le había costado una pasta en libros de autoayuda que, por supuesto, no le habían ayudado en nada. Lo que si había aprendido es de que algunas mujeres, ella incluida, tenían una dependencia emocional hacia ciertos hombres y que según los libros provenía de no haberse sentido queridas cuando eran niñas. El cómo solucionarlo era bastante más difícil y no había encontrado aún la solución, lo cual le había llevado a tener una colección de libros de autoayuda en el estante de la librería (cosa que nunca reconocería en público) para intentar encontrar una. El plantearse ir a un psicólogo estaba descartado, no porque no creyera que los psicólogos pudieran ayudarla, sino porque pensaba que podría encontrar sola la solución, ya sabía el problema y para ella ese era el principio de todo, encontrar dónde estaba el fallo.
- Para!!!- se ordenó a sí misma. Su mente era algo que le era difícil controlar, tenía vida propia y, en muchas ocasiones, la obligaba a viajar de un recuerdo a otro, de una sensación a otra, pero sus relaciones con el sexo masculino era algo en lo que no quería pensar a esas horas de la madrugada.
El dormitorio estaba iluminado por la luz del portátil en el que se iban sucediendo las imágenes que tenía como salvapantallas. Una hermosa playa de arena blanca y un mar azul que se confundía con el horizonte llenaba la pantalla. Se acercó al ordenador y movió el ratón para que el salvapantallas se desactivara, mientras sentía como en el estómago, una vez más, se le hacía un nudo.
La conversación del Messenger seguía allí, como congelada en el tiempo, como cuando pones pausa en una escena de la película y el personaje se queda quieto, con el último gesto y la última palabra…
00.45.00 UnSoñador dice: Veo que sigues de mal humor y sin querer hablar conmigo. Un beso, que descanses.
No había añadido nada más, ni la había llamado. Volvió a sentir la misma rabia que la había impulsado a marcharse de la habitación y ponerse a hacer otra cosa sin contestar nada. Eso sí, con el móvil a su lado como si fuera un apéndice y formara parte de su propio cuerpo, pero el móvil no sonó y se durmió viendo la tele.
- El correo electrónico!...- pensó
Maximizó la pantalla en la que estaba el correo electrónico y le dio a actualizar… mensajes nuevos 0. A esas alturas el estómago ya tenía las dimensiones de una nuez y el cerebro empezaba a adquirir velocidades supersónicas barajando los “tenía que…..”, “igual si…”. Todo un elenco de posibilidades y de situaciones que hubieran provocado las mismas, llenaban la mente como cuadrados que se multiplicaban a sí mismos, duplicándose y triplicándose en base a un “hola, guapo”, un “hola” a secas, un “que te den”, cada uno de ellos generaba una o más posibilidades de respuesta. Esta vez había decidido no contestar, ignorar la pequeña pantalla que se había abierto en su ordenador a los cinco minutos de verlo entrar en el Messenger. Un triunfo con sabor a derrota, ignorarlo constituía un paso adelante, algo racional, lo que debía hacer, pero las consecuencias emocionales pasaban luego factura y ya tenía en números rojos la cuenta de la necesidad de cariño y atención.
- Diooos!, necesito un cigarro, una tila o un trasplante de cerebro, cualquier cosa que haga que deje de sentir- Se oyó a sí misma y le sonó familiar y hasta cotidiano.
En realidad, todo el mundo decía lo mismo cuando las cosas en el amor no eran fáciles. De hecho, el no entender las reacciones masculinas, el que las mujeres se contasen “lo qué él dijo” o “lo que él hizo” ocupaba el noventa por ciento de las conversaciones femeninas cuando de hombres trataba el tema. Recordaba la frase de su hermana: “El hombre ese gran desconocido”. Un título perfecto para un reportaje tipo “la vida animal”. Esos reportajes tenían lógica. Cuando un gato levanta la cola, se le ponen los pelos de punta y encorva su cuerpo, es que va a atacar. Pero… ¿qué significa que te digan veo que sigues de mal humor y no quieres hablar conmigo, un beso que descanses?, ¿qué le importas pero que no insiste para no invadir tu espacio, que no le importas y por eso no insiste?. Desde luego el “que descanses” tenía un tinte paternalista insoportable.
Instintivamente volvió a mirar el teléfono. Era imposible que sonara y no se hubiera despertado, pero aún así no podía evitar mirar el teléfono... ni llamadas perdidas, ni mensajes.
Se tumbó en la cama mirando el lado positivo de la situación, era viernes, así que mañana no tendría que trabajar, se alargara o no el insomnio, mañana no tendría que levantarse temprano.
El sonido del móvil la despertó, por la canción asignada podía saber antes de coger el teléfono quien la llamaba, era María.
- Sí - Era lo único que decía cuando contestaba al teléfono. Había gente que decía hola, otras dígame, otros decían su nombre, pero con el tiempo había concluido que con el sí bastaba para que el otro diera por contestada la llamada.
- ¿Te he despertado, Vero?- María hacía honor a su nombre, delicada, ama de casa, una vida ordenada, “un marido”…
Miró el reloj de reojo, las doce, no podía echarle una bronca, había llamado a una hora más que prudencial.
- No te preocupes María, dime- Al otro lado de la línea notaba algo inhabitual en ella, la notaba nerviosa.
- Quería saber si podríamos quedar antes de ir a comer con las demás- Ir a comer con las demás, había dicho. Cayó en la cuenta de que había quedado para comer el sábado con ellas.
- Jolines, Vero! ¿no te habrás olvidado, verdad?- Pensó en distintas excusas para no ir, de repente recordó las que se daban en el instituto y sin saber porqué le vino a la mente Roberto. Si no le fallaba la memoria, Roberto o tenía seis abuelas o había matado a la misma durante el instituto como unas seis veces. Eso sí, tuvo la precaución de matarla con distintos profesores. Pero no, esa no era una buena excusa para no ir a comer ese día. ¿Quizá que le había venido el periodo?...
- ¿No puedes decir joder como todo el mundo?, sí me he olvidado- Casi mejor decir la verdad.
- Vero, tengo que contarte algo y quiero que nos veamos antes. Así que empieza a vestirte hemos quedado a las dos y media- Definitivamente algo extraño pasaba. María no solía ser imperativa, pedía todo por favor y nunca parecía estresada ni con ansiedad, María era el perfecto ejemplo del equilibrio emocional. ¿Qué tendría que contarle? ¿Qué se le había quemado el pastel de manzana? ¿Qué por fin se había quedado embarazada? ¿Qué había quemado algo con la plancha?, dentro de los desastres naturales que podían pasar en el Universo de María, sólo se le ocurrían esos.
- Vale, quedamos en el café de la plaza a las dos y cuarto, así me voy tomando mi tercer café con leche del día- Un cuarto de hora sería suficiente para que María contara su pequeño desastre doméstico.
- No, a las dos menos cuarto, así que levántate y vístete- Movió la cabeza y cerró los ojos «no es posible» se dijo, normalmente era ella la que incitaba a María a la acción, a ser más vital a imponer su criterio cuando la situación lo requería.
- María ¿estás bien? ¿Qué pasa?-
- A las dos menos cuarto en las mesas de la plaza, no te retrases, hasta luego- María colgó. Se quedó mirando el teléfono no entendía nada y no entender con María, no era buena señal.
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